Javier García Cellino, La Nueva España - Inmersos en plena época de confusión ideológica, más atentos a los fuegos fatuos que a las verdaderas llamas que tendrían que alumbrar el camino, se ha vuelto a poner de moda esa sopa formada por tantos condimentos a la vez que resulta bastante difícil apreciar su sabor. Y en esa Babel líquida e interesada van ganando adeptos las posiciones políticas todo terreno, los conductores que no distinguen entre el color de unas y otras carreteras, los guardias de circulación que lo mismo levantan uno que otro brazo, quizás queriéndonos indicar que vaya uno por donde vaya al final es el mismo, pues todos los caminos, en lugar de llevarnos a Roma, nos conducen siempre a una cuneta cenagosa.
La colocación de la bandera arco iris en el balcón del Ayuntamiento y la solidaridad con una problemática que durante años nos sacó los colores
De este modo -los resultados de la elecciones europeas están a la vista para demostrarlo- se ha vuelto a resucitar unas de las frases favoritas de aquel ya fallecido militar gallego que nos encerró en un huerto de exiguas dimensiones durante nada menos que cuarenta años, y que repetía, con ese sonsonete especial que sólo tienen los que a todas horas escupen piedras por la boca, que había que dejar la política a un lado. Algo comprensible si se piensa que de este modo quedaba libre para él todo el ancho de la carretera, lo que le permitió durante tanto tiempo pisar el acelerador a fondo, sin tener reparos en embestir con furia contra cualquier otro desafortunado vehículo que circulara en dirección contraria a la suya.
Sin embargo, por mucho que algunos sigan insistiendo en esa educación vial monotemática, la experiencia ha demostrado que no todos los conductores son iguales, y que en muchas ocasiones el color del coche guarda relación con las condiciones de estabilidad.
Seguro que algunos aducirán razones de oportunismo, mientras que otros se fijarán en el tamaño de la tela y comentarán que poca cosa es frente a todos los chuzos que están cayendo a diario. No faltarán tampoco los que atribuyan al «orgullo» cualidades peyorativas, o quienes sean incapaces de valorar esa luz del sol que refulge entre la magia y la sensualidad de la naturaleza, más creo que merece la pena resaltar la Moción aprobada por el Ayuntamiento de Laviana, por la cual se promoverá la realización de actividades que fomenten la igualdad social de gays, lesbianas y bisexuales.
Bien sabemos todos que colgar una bandera de un mastil no significa necesariamente apropiarse de una identidad, y que por mucho que ondee en el balcón municipal la del arco iris, como símbolo del colectivo, no por eso algunas personas van a solidarizarse con una problemática que durante tanto tiempo nos sacó los colores. Pero no es menos verdad que hay causas que merecen la pena, del mismo modo que hay políticos que merecen también nuestra consideración.
Pensar hace años que se podría dar una situación semejante, sería tan imposible como intentar vaciar con ambas manos el agua de cualquier océano. Lo que indica que si bien es cierto que las aguas discurren despacio, no por ello dejan de fluir, aunque a veces sea a cuenta gotas.
Bastaría con preguntarles por el significado de la Moción a esos nostálgicos que continúan alabando las excelencias de la dirección única, para los que la mejor carretera es sin duda la que está libre de obstáculos. Y a fe que la problemática gay, con sus complicadas aristas y sus variadas dimensiones, sigue siendo para muchos una piedra dura de roer.
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